Lizzie nació con un trastorno genético congénito, pero sobrevivió. A pesar del síndrome de Wiedemann-Rautenstrauch, se aferró a la vida, no se rindió y no se permitió caer en la desesperación.

Intentó estudiar, dominó el plan de estudios escolar. Poco a poco, esa bebé que no podía ganar peso quedó en el pasado. Ahora ya no es necesario alimentarla seis veces en una hora para que al menos un poco de nutrición sea absorbida.
