Un arquitecto llamado Patrick siempre había sentido una especial admiración por los edificios antiguos, en particular por las torres de agua. Criado en Bélgica, soñaba a menudo con vivir en una de estas singulares estructuras. Era una fantasía infantil que finalmente logró hacer realidad.


Años después, ya de adulto, Patrick y su pareja descubrieron una torre de agua en ruinas a las afueras de Bruselas. En cuanto la vio, tuvo la certeza de que era la que buscaban.


Aunque la torre llevaba décadas abandonada, Patrick estaba dispuesto a invertir 43.000 dólares en su compra. Sin embargo, antes de poder iniciar cualquier transformación, necesitaban la aprobación oficial. Obtener el permiso de las autoridades tardó siete años, y completar la renovación otros cinco, lo que convirtió todo el proceso en una labor de doce años.