Marta Peñate ha decidido mirar de frente a uno de los momentos más duros de su vida… y contarlo sin suavizarlo. Lo que vivió tras perder el embarazo no fue solo tristeza. Fue algo más profundo, más silencioso… y mucho más difícil de controlar.
La influencer, que llevaba meses compartiendo pequeños fragmentos de su proceso, ha puesto ahora palabras a lo que ocurrió realmente después de aquel golpe. No fue inmediato. No fue visible para todos. Pero por dentro, algo cambió por completo.
Tras el aborto que sufrió en junio de 2025, cuando apenas llevaba unas semanas de embarazo, Marta entró en una espiral emocional que no esperaba. La ansiedad apareció sin avisar, instalándose en su día a día y alterando por completo su rutina.
Y fue en ese contexto donde surgió un hábito que se descontroló rápidamente. Lo que antes formaba parte de su vida de forma puntual se convirtió en algo constante. “Me dio ansiedad y empecé a fumar muchísimo”, confesó sin rodeos, recordando cómo llegó a consumir entre 20 y 25 cigarrillos al día en los momentos más complicados.
No era solo una costumbre. Era una forma de intentar gestionar lo que sentía. Un refugio momentáneo que, con el paso de los días, terminó convirtiéndose en una dependencia difícil de frenar.

Pero esa etapa no se quedó ahí. Con el tiempo, Marta empezó a tomar conciencia de lo que estaba ocurriendo. No solo por su bienestar emocional, sino también por algo que sigue marcando su horizonte: el deseo de volver a quedarse embarazada.
Ese objetivo se convirtió en un punto de inflexión. Decidió que no podía seguir igual. Que tenía que cambiar. Y lo hizo. No de golpe, no sin esfuerzo, pero sí con una determinación que ahora repite como una promesa personal.
Su plan fue claro: reducir progresivamente el consumo de tabaco hasta eliminarlo por completo. Pasar de ese exceso descontrolado a un límite estricto, y de ahí… a cero.
El proceso, sin embargo, no está siendo fácil. Ella misma reconoce que está experimentando cambios físicos y emocionales: más nerviosismo, más hambre, una sensación constante de inquietud. Aun así, ha decidido enfrentarlo sin esconderlo, mostrando cada paso a quienes la siguen.
Para resistir, ha incorporado pequeños gestos en su rutina diaria. Caminar, mantenerse ocupada, incluso lavarse los dientes varias veces al día para evitar la tentación de encender un cigarrillo. Estrategias simples, pero necesarias para romper con una dinámica que se había vuelto automática.
En paralelo, también ha tenido que enfrentarse a otra realidad: los resultados médicos que llegaron después del aborto. Pruebas que apuntaban a problemas de coagulación y otros factores que podían haber influido en lo ocurrido.
Lejos de hundirse, decidió utilizar esa información como impulso. Cambiar hábitos, cuidarse más, preparar su cuerpo para lo que espera que sea un nuevo intento en el futuro.
Pero hay algo que atraviesa todo su relato y que no desaparece: la huella emocional. Marta reconoce que una pérdida así no se borra fácilmente. Que deja preguntas, dudas, incluso una sensación difícil de explicar, como si en algún momento hubiera hecho algo mal.
Hoy, sin embargo, su discurso es distinto. Más sereno. Más consciente. Ya no habla desde el desbordamiento, sino desde la reconstrucción. Desde alguien que ha pasado por ese punto límite y ha decidido no quedarse ahí.
Y en medio de todo, lanza un mensaje claro. No solo para ella, sino para quienes la escuchan: cuidar la salud no debería depender de una circunstancia extrema. Dejar atrás ciertos hábitos no es solo una meta, es una forma de empezar de nuevo.
Porque si algo deja claro con su historia, es que incluso en los momentos más duros… también puede empezar un cambio.