Era pequeña, con grandes ojos marrones y rizos salvajes, y olía a champú de bebé y hierba fresca. Se aferró a mí como si ya hubiera decidido que era suya, como si supiera instintivamente que este era su hogar. Claire y yo habíamos luchado por este momento: años de embarazos fallidos, años de desamor. Cuando recurrimos a la adopción, la espera fue insoportable: meses de papeleo, visitas a domicilio y entrevistas.

Y ahora, aquí estábamos, sentados frente a una trabajadora social con nuestra hija en mi regazo.
«¿Estás segura de esto?», preguntó Karen, con las manos apoyadas en una carpeta gruesa. Sophie jugaba con mi anillo de bodas, tarareando suavemente. Claire, sentada a mi lado, me tomó la mano y me la apretó.