Los secretos mejor guardados y extravagantes de la boda entre Rocío Jurado y José Ortega Cano

El 17 de febrero de 1995 quedó grabado en la memoria de la crónica social española como uno de esos días que parecían sacados de una película de pasión, tradición y folclore. Fue en la finca Yerbabuena, en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla), donde la legendaria cantante Rocío Jurado y el torero José Ortega Cano decidieron sellar su amor ante más de 1.500 invitados en una ceremonia que aún hoy genera anécdotas, curiosidades y hasta alguna que otra leyenda urbana.

La propia ermita donde se celebró el enlace fue construida especialmente para la ocasión, bautizada como la Ermita de las Vírgenes y presidida por nada menos que cinco imágenes religiosas diferentes, entre ellas la de Nuestra Señora del Espíritu Santo y la Virgen de Regla, lo que confería un aire de solemnidad y devoción poco habitual en matrimonios de alto copete.

Aunque la cita estaba programada a mediodía, Rocío Jurado se hizo esperar: llegó a la ermita una hora y media tarde, lo que en su entorno se atribuyó más a la indecisión sobre cuál de los tres vestidos de novia que tenía preparados debía usar que a un simple retraso sin más. Uno de esos trajes fue diseñado por Carlos Arturo Zapata, un modisto colombiano que apostó por una mezcla de seda salvaje, chantilly y organza en tono champán, con escote barco y una larga cola de encaje que, según quienes la vieron, rozaba la perfección.

El momento de la llegada fue otra escena de cuento: Rocío entró en la ermita montada en un carruaje tirado por cuatro caballos, acompañada de su hermano y padrino, Amador Mohedano, mientras detrás marchaban las damas de honor y los pajes. El cochero encargado del trayecto era el mismo que años atrás había conducido a la cantante hasta su primera boda con Pedro Carrasco, lo que añadió una pizca de nostalgia a la gran jornada.

En un gesto que pocos invitados olvidaron, cuando Ortega Cano colocó la alianza, Rocío tuvo que indicarle en qué dedo debía introducirla y, con toda naturalidad, le juró felicidad eterna en lugar de fidelidad eterna, un detalle que los presentes comentaron durante semanas.

La boda no estuvo exenta de cambios logísticos: en la finca había una ermita con capacidad para solo 200 personas, por lo que los invitados que no pudieron acceder tuvieron que seguir la ceremonia desde una enorme carpa equipada con una pantalla gigante. Otra carpa albergó el aperitivo, y una tercera, aún más amplia, fue el escenario del almuerzo nupcial con mariscos, crema de melón, lomo a la brasa y una imponente tarta que parecía hecha para reyes.

La novia no solo cambió de vestido para el baile —optando por un modelo blanco con cuerpo bordado y falda amplia para poder moverse con comodidad— sino que también marcó tendencia sin querer, pues su estilo goyesco con diadema de flores, azahar y tul fue objeto de comentarios en toda la prensa del corazón.

Entre curiosidades que circulan desde entonces, algunas cuentan que el famoso grito de “Estamos tan a gustito” atribuido a Ortega Cano no ocurrió en este enlace, sino en la boda de la hija de Rocío Jurado, Rocío Carrasco, apenas un año después en la misma finca.

Eso sí, más allá de lo vistoso del evento, muchos allegados y familiares han señalado con el paso del tiempo que el matrimonio no fue tan idílicamente feliz como aquel día de fiesta prometía. La propia hija de la cantante ha llegado a afirmar que, pese al amor que sentía por el torero, no cree que aquella boda fuera “una decisión totalmente acertada”, opinando que las dificultades en la relación terminaron por eclipsar aquellos instantes mágicos de Yerbabuena.

Aun así, la boda entre Rocío Jurado y José Ortega Cano sigue siendo recordada como una de las grandes celebraciones del corazón en España, con historias que van desde trajes olvidados hasta promesas de felicidad que, aunque sorprendentes en su formato, forman parte ya de la leyenda del corazón más popular de las últimas décadas.

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