Óliver Laxe desnuda su infancia artística: entre lápices, self-observación y la cámara que nunca enfrentó

Óliver Laxe, el cineasta gallego que ha sacudido al público internacional con obras como Sirât, se abre como nunca antes sobre sus raíces, su forma de mirar el mundo y la infancia que forjó su mirada visual. Porque para Laxe, el cine, la pintura y la fotografía no son meros instrumentos, sino extensioness de su forma de ser y entender la vida desde que era niño.

En una conversación íntima sobre su pasado y su relación con las imágenes, Laxe reveló que, desde muy pequeño, la pintura y el dibujo formaron parte de su mundo interior. Según sus palabras, nunca fue un niño que se sintiera cómodo posando ante una cámara; prefería observar, perderse en su propio universo creativo y pintar lo que veía —y lo que sentía— sin buscar la aprobación de nadie. Esa actitud lo marcó profundamente: “Cuando era niño siempre me ha gustado pintar y dibujar… y nunca miraba a cámara”, comentó, describiendo cómo incluso frente a una foto prefería el proceso creativo por encima del retrato fijo que enfrentara su mirada al objetivo.

Su relación con las imágenes no es casualidad. Laxe ha dicho en otras entrevistas que piensa de manera visual incluso cuando escribe y que siente el cine como una extensión natural de ese impulso de explorar la percepción y la sensibilidad humana. Desde temprana edad, la forma en que se acercaba al arte reflejaba una búsqueda constante de significado en cada trazo, cada luz y cada sombra, como si buscar interpretar el mundo fuese inseparable de su propia identidad.

Su carrera cinematográfica es prueba de esa visión introspectiva. Con películas como Mimosas y O que arde, Laxe se ha consolidado como un autor que busca provocar sensaciones y pensamientos más que contar historias tradicionales, consiguiendo reconocimiento en festivales internacionales y conectando con los espectadores de una manera casi visceral. Sirât, por ejemplo, no solo ha sido aclamada por la crítica, sino que también la ha convertido en uno de los trabajos más comentados de su filmografía reciente.

Pero esa sensibilidad que hoy exhibe en sus películas tiene raíces profundas. Cuando era niño, su curiosidad lo empujaba a explorar el entorno con lápiz en mano, a dibujar lo que veía sin prisa y sin la presión de la mirada externa. Esa libertad creativa no buscaba representar la realidad literal, sino capturar sensaciones y emociones que a menudo solo eran notorias para él. Esa forma de relacionarse con el arte se convirtió en una especie de juego, una extensión de su libertad interior que lo acompañó hasta la adultez y que hoy se manifiesta en cada una de sus obras cinematográficas.

Para Laxe, entonces, mirar de frente a la cámara nunca fue lo esencial; lo esencial siempre fue ver más allá del encuadre, captar la vida en movimiento, traducir lo invisible en imágenes que hablen por sí solas. Ese enfoque ha hecho de su obra un puente entre el arte visual y el cine, una fusión que solo puede comprenderse si se mira con atención al niño que prefería dibujar en silencio antes de enfrentarse al lente.

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