Canales Rivera ya no es el mismo. Algo en su mirada, en su forma de hablar, incluso en cómo se detiene a elegir cada palabra, deja claro que ha cruzado una línea invisible. No es solo el paso del tiempo. Es todo lo que ha vivido… y cómo ha decidido interpretarlo ahora.
A punto de cumplir 52 años, el torero se muestra en un momento que él mismo define como pleno. Lejos de la agitación constante, se presenta centrado en lo esencial: su papel como padre, como hijo, como pareja y como profesional. Sin prisas, sin ruido innecesario. Con una tranquilidad que, según deja entrever, no siempre estuvo ahí.
Durante mucho tiempo, su vida estuvo marcada por una sensación difícil de explicar. Una especie de lucha constante contra sí mismo y contra lo que esperaba conseguir. Él mismo lo resume sin rodeos: ha sido un sufridor. Pero no lo dice desde la queja, sino desde la conciencia de todo lo que implicó ese camino.
En su trayectoria dentro del mundo del toro, lo dio todo. Literalmente. Entrega absoluta, esfuerzo constante, una exigencia que rozaba el límite. Y aun así, la recompensa no siempre estuvo a la altura de lo que sentía que merecía. Esa diferencia entre lo que daba y lo que recibía fue, durante años, una herida silenciosa que lo acompañó.
Las cifras hablan por sí solas: hasta 25 cornadas, lesiones graves, huesos rotos… un historial que deja claro que nunca se tomó su profesión a la ligera. Pero, más allá del físico, lo que pesaba era otra cosa. La sensación de no avanzar, de quedarse en el mismo lugar mientras el tiempo seguía corriendo.

Ese punto fue el que lo obligó a parar. A detenerse, mirar con distancia y tomar una decisión que cambiaría su forma de vivir. Dejar de sufrir como norma. Empezar a elegir la calma. No fue inmediato, ni sencillo, pero marcó un antes y un después.
Ahora, su discurso suena distinto. Más ligero, más consciente. Asegura que todo lo que llega lo recibe como un regalo. Una frase que no nace de la ingenuidad, sino de alguien que ya ha pasado por el desgaste y ha decidido no quedarse ahí.
Su día a día ya no gira en torno a demostrar nada. Prefiere planes sencillos: estar en casa, compartir tiempo con sus hijos, pasear por la playa. Escenas cotidianas que antes podían parecer menores, pero que ahora ocupan el centro de su vida.
También hay una aceptación clara del paso del tiempo. Reconoce que nadie es el mismo que fue, que todos evolucionan, y que él ha intentado hacerlo de la mejor manera posible. Esa transformación, dice, ha sido sobre todo interna. De carácter, de forma de entender lo que le rodea.
Aun así, no ha cerrado del todo la puerta al ruedo. Sigue toreando y reconoce que eso le hace feliz. Pero también deja caer algo que suena a despedida cercana: siente que este ciclo puede estar llegando a su final. No desde la frustración, sino desde la elección.
Porque si algo queda claro en sus palabras, es que ya no necesita forzar nada. Ni en su carrera, ni en su vida. Después de años empujando al límite, ahora ha aprendido a soltar. Y en ese gesto, aparentemente simple, está la mayor de sus transformaciones.