La icónica Inès de la Fressange, esa mujer que personifica como nadie la elegancia parisina, ha decidido abrir su corazón y compartir una reflexión que está dando la vuelta al mundo. A sus 68 años, la modelo no solo sigue siendo un referente de estilo, sino que se ha convertido en una voz imprescindible para entender qué significa realmente sumar primaveras en pleno siglo XXI. Para ella, el proceso de cumplir años no es una caída en el olvido ni una pérdida de facultades, sino una transformación profunda: es el momento exacto en el que dejas atrás las máscaras para convertirte, por fin, en quien siempre debiste ser.
En su reciente colaboración literaria con el autor italiano Erri De Luca, titulada «Edad experimental», Inès explora este territorio desconocido con una honestidad que desarma. La modelo recuerda con cierta nostalgia cómo, cuando ella era apenas una niña, una mujer de 60 años era vista socialmente como una anciana recluida, alguien que llevaba el cabello recogido en un moño y cuya vida social se limitaba al ámbito familiar. Sin embargo, hoy la realidad es radicalmente distinta. Las mujeres de su generación hacen deporte, salen a cenar, viajan y mantienen una curiosidad insaciable por el mundo que las rodea.

A pesar de esta vitalidad, Inès no cae en la trampa de la positividad tóxica. Reconoce abiertamente que envejecer tiene partes difíciles y que sería hipócrita negarlas. Habla del cansancio que aparece más rápido, de esos pequeños fallos de memoria que antes no existían y de cómo todo, a veces, requiere un esfuerzo adicional. Incluso confiesa un momento que la marcó profundamente: cuando empezó a verse en las pantallas de los estudios fotográficos y notó que su rostro proyectaba una tristeza o un cansancio que ella no sentía por dentro. Fue un choque brutal contra su propia imagen externa, una confrontación con el espejo que la obligó a decidir cómo quería vivir esta etapa.
Su respuesta fue clara: no rendirse. Inès asegura que a esta edad uno tiene que elegir activamente entre quedarse en casa o salir al mundo. Quedarse es, según sus propias palabras, la forma más rápida de envejecer de verdad. Por eso, ella opta por «darse un pequeño empujón» cada día. Se mantiene activa en redes sociales, visita tiendas enfocadas a un público mucho más joven y busca constantemente nuevos artistas para su newsletter. Para la francesa, el secreto no está en intentar parecer que tienes veinte años, sino en no perder la capacidad de asombrarse.
Esta sabiduría de vida la lleva también al terreno de la espiritualidad. Inès afirma con rotundidad que no teme a la muerte, aunque sí a la dependencia y al dolor. Su creencia de que la conciencia no muere le otorga un poder especial para afrontar el presente. En lugar de mirar hacia atrás con melancolía, prefiere disfrutar de la libertad que le otorga la experiencia. Ya no busca estar en todas las alfombras rojas ni necesita la aprobación constante de los demás. Ha aprendido que lo prioritario son los afectos reales, la salud y esa paz mental que solo llega cuando entiendes que nada es tan grave como parece.
La lección de Inès de la Fressange es un grito de guerra contra los estereotipos. Acepta sus arrugas y su edad con un agradecimiento infinito por seguir en el camino, recordando que cada marca en su piel es el testimonio de una versión más auténtica y plena de sí misma. Es, en definitiva, el triunfo de la esencia sobre la apariencia.